Pongo mi vinilo de Saxon en el tocadiscos y enseguida un torrente de poder metálico me arrasa. Mi mente se transporta a otros tiempos y me entrego por completo a ese viaje. Mi disco no es nuevo, ni mucho menos. Se trata de un ejemplar de "El Brazo Fuerte de la Ley", editado allá por 1980, casi en simultaneo a mi nacimiento. Entonces me pongo a pensar: ¿Quien habrá sido el que compro aquel disco ese año, cuando salió a la venta? ¿Quién sería ese joven heavy, ese rocker de alma que se pasaba horas encerrado en su pieza escuchándolo? ¿Será de tanto escucharlo que se oyen algunos saltos, algunas imperfecciones, en el material ya gastado pero aun vivo y cargado de magia y poder? ¿Cuáles habrán sido las sensaciones, los sueños, las emociones, que ese pibe dejaba fluir mientras escuchaba esta obra maestra? ¿Habrá estado metido en el movimiento, habrá ido a ver a Riff, se habrá enloquecido con la aparición de V8, de Bloke, de Thor? Tantas preguntas, y a medida que pasan los temas, cada vez me siento mas cerca de ese chico, de ese joven metálico que se asombraba al escuchar los filosos solos de Paul Quinn y Graham Oliver, la potente voz de Biff Byford...
¿Como fue que ese muchacho se deshizo de esta joya? ¿Necesitaría la plata? ¿No le gustaba más Saxon? ¿Habrá caído en la fiebre del CD y se deshizo de todos sus viejos discos?
¿Lo habré conocido al propietario original de este disco? Quizá fuimos a ver algunos recitales, y mientras él se alejaba de la escena, yo empezaba a entrar. O quizás nos hemos cruzado varias veces, hasta puede que hayamos compartido una cerveza juntos y haya escuchado sus historias sobre aquellos salvajes tiempos fundacionales, sobre cómo fue descubrir al mismo tiempo a Judas Priest, a Iron Maiden, a Accept, a Twisted Sister...
Definitivamente he quedado atrapado entre los surcos que la púa recorre firmemente, no puedo ni quiero salir. De repente me siento fuera del espacio-tiempo, y sé que estoy ahí, en 1980, junto a ese joven adolescente soñador y solitario que se enloquece toda la tarde escuchando unos pocos discos, que lo llevan a otro mundo. Y yo ya soy como él, y yo ya pertenezco a ese mundo. Y sabemos que hay otros, más allá de los muros, más allá de las distancias, más allá de los tiempos. No pertenecemos a este mundo sino a aquel en donde el tiempo no transcurre, en donde la energía fluye, en donde la magia vive, en donde la púa sigue recorriendo esos mismos surcos gastados y llenos de vida, eternamente, una y otra vez...
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