- XENOTAPH (Argentina): “Rehearsal 16-04-12” (2012). Cassette que vengo gastando desde hace un par de años.
- JUDAS PRIEST (Inglaterra): “Redeemer of Souls” (2014). Siguen entre nosotros, afortunadamente.
- WITCHFYNDE (Inglaterra): “Give ‘em Hell” (1980). Imprescindible escucha para todos los amantes de la NWOBHM.
- LED ZEPPELIN (Inglaterra): “Led Zeppelin III” (1970).
- BOSTON (Estados Unidos): “Boston” (1976).
- CARCASS (Inglaterra): “Live at Planet X (Liverpool, 1989)” (bootleg).
- TUNGSTENO (Argentina): “Inminente Aniquilación” (2011).
Un lugar donde escribir libremente, opinar y compartir vivencias sobre heavy metal, rock, películas, fútbol, bebidas, comidas, viajes y demás cosas que me interesan.
viernes, 4 de julio de 2014
Playlist semanal Nº2
viernes, 27 de junio de 2014
Playlist semanal Nº1
- ARIA (Unión Soviética): “Konsert 1987” (bootleg). Un viaje en el tiempo para descubrir cómo sonaba en vivo el heavy metal que se hacía detrás de la cortina de hierro.
- METALMORFOSIS (Grecia): “…Through Space… And Time” (2012). Obra maestra contemporánea.
- JUDAS PRIEST (Inglaterra): todos los discos de los ‘70s.
- CORSARIO (Argentina): “El Capítulo de las Sombras” (2005). Muy buena banda rosarina de heavy metal que ostentaba una gran influencia de Mercyful Fate/King Diamond.
- MERCYFUL FATE (Dinamarca): “Melissa” (1983). Imprescindible.
- BOB DYLAN (Estados Unidos): “John Wesley Harding” (1967).
- DIO (Estados Unidos): “The Last in Line” (1984).
jueves, 19 de junio de 2014
V8: cuando las remeras hablan
Hace ya unos cuantos años que vengo escuchando un término que me hizo ruido desde un primer momento: “metal argento”. Primero lo tomé como una especie de sinónimo de “heavy metal argentino”, “heavy metal nacional” o “heavy metal hecho en Argentina”, lo cual me pareció bien; después de todo, en cada parte del mundo donde hayan surgido escenas genuinas de heavy metal en los años ‘80s, se ha forjado cada una de ellas una identidad particular, constituyendo una escuela propia. Así, uno puede distinguir que no es lo mismo el heavy metal inglés que el heavy metal alemán o que el heavy metal canadiense, por ejemplo. Cada uno tiene su propia impronta, su propio sello, y la escena argentina no tenía por qué ser la excepción en todo esto.
Ahora bien, más ruido comenzó a hacerme el
término “metal argento”, más extraño se empezó a tornar para mí, a medida que
veía que era reivindicado por algunos heavys que solamente parecían concebir
una única manera de hacer heavy metal en la Argentina y que así era como debía
ser: de corte nacionalista, con cierta crudeza y tosquedad, con marcadas
influencias de V8, Hermética, Malón, Almafuerte
(acentuando la prédica y el tono de Ricardo Iorio), algo del primer Horcas, quizá en menor medida Nepal, etc. Eso sí, la mayoría de las
bandas que practicaban este “metal argento” parecían no captar jamás, salvo
contadas excepciones, ni la esencia ni el ímpetu metálico de las agrupaciones nombradas,
como si el fuego se diluyera tratando de exponer un mensaje que nunca estaba
del todo claro tampoco. Y los seguidores de estas bandas, que también hacían
bandera del “metal argento”, parecían no notarlo en ningún momento; todo lo
contrario, cada vez circulaban con más frecuencia expresiones como “hacer el
aguante” y demás, sin importar qué tenía para ofrecer artísticamente la banda
de turno.
Para esta gente, lo que quedaba fuera de ese
“metal argento” era simplemente lo “careta” o “los que copian a las bandas de
afuera” (esto lo escuché varias veces, demasiadas). Entonces yo me preguntaba,
a medida que iba conociendo más exponentes de nuestra rica escena de heavy
metal de antaño “¿en dónde encajarían bandas como Bloke o Kamikaze, que en
nada se parecen a las bandas de metal
argento y aun así fueron genuinas bandas argentinas de heavy metal?” Recuerdo
cuando hace mucho me comentaron que había gente en la puerta de El Sótano
(local rosarino donde se hacían recitales, recientemente cerrado) que en la
previa de un show le bajaba el pulgar a una buena banda, con trayectoria, como
es Trident, porque su sonido épico
netamente metálico y sus distinguidas influencias (que van por el lado de Manowar,
Judas Priest y Dio) nada tenían que ver con el “metal argento”. En ese momento
(hace ya 8 o 9 años, tal vez más) no entraba mi cabeza que eso sucediera, eso
iba mucho más allá de los gustos personales. Y en esa época, yo ya sabía que la
escena metálica argentina no había surgido de la nada, sabía que había recibido
una influencia extranjera inicial al menos, como la mayoría de las escenas
metálicas del mundo. No tenía manera de demostrar mis pensamientos, tampoco me
importaba demasiado, pero sabía que las cosas eran diferentes a lo que andaba
circulando. El término “metal argento” definitivamente me chocaba.
Mi confusión aumentó cuando empecé a escuchar
y leer a “periodistas especializados” y demás personajes similares que hacían
bandera del “metal argento”, sin ningún tipo de criterio, cuando se supone que
(o al menos es lo que yo siempre creí), de una manera u otra, la prensa y los
medios de difusión deberían cumplir un papel de guía en esto de propagar la
música, más allá de cualquier tipo de limitación o escasez de conocimientos. E
incluso, más o menos por la misma época, también comencé a notar cómo algunos
sellos discográficos y productoras comenzaban a promocionar a sus bandas bajo
la etiqueta de “metal argento”, lo que me llevó a sospechar del trasfondo
comercial que ya tenía este término, ya era algo que vendía. A partir de
entonces, el término “metal argento” comenzó a causarme repulsión. Me cuidé de
no utilizarlo jamás, y buscaba cómo combatirlo. Al fin y al cabo, me apasionaba
demasiado el heavy metal y me resultaba irritante que este tipo de
simplificaciones generadoras de ignorancia se produjeran. No tolero que se
bastardee al rock, no tolero que se bastardee al heavy metal, no tolero que se
bastardee a lo que es real, genuino. La ignorancia puede combatirse con la
búsqueda, y en esa búsqueda yo seguí. Y sigo hasta el día de hoy.
Ahora, con elementos simples y haciendo un
poco de uso de mi capacidad de observación y deducción, puedo avanzar hasta el
fondo de la cuestión, puedo ir hasta el hueso. Y lo comparto para que los que
sepan ver, vean. Desde la primera vez que lo escuché, el término “metal
argento” permanecía muy asociado a una de las bandas fundacionales del heavy metal en la Argentina: a V8,
a su logo, a sus canciones. Así me lo hacían notar. Por lo tanto, sería lógico
suponer entonces que el “metal argento” nació allí, prácticamente de la nada,
como dejan entrever los que mantienen esa postura (sin ningún tipo de
convicciones ni argumentos, por cierto). Sin embargo, yo en V8 no encontraba ningún elemento de lo
“argento”. Al contrario, desde que tuve algo de noción y fui formando un
criterio, V8 siempre me pareció una
genuina banda argentina de heavy metal, que por composiciones, convicción,
imagen, energía, letras, etc., no tenía nada que envidiarle a muchas bandas
contemporáneas que surgieron en diferentes países del mundo a principios de los
‘80s. Además, al escuchar la música de V8, uno puede percibir sin demasiado
esfuerzo algunas de sus principales influencias, como Motörhead y Black Sabbath,
que incluso eran nombradas por los integrantes del grupo en algunas
entrevistas. Por supuesto, se trataba de bandas extranjeras. La idea de “metal
argento” como algo autosuficiente y cerrado hacia lo que proviene de afuera se
derrumba ante este hecho.
Pero hay más. Y ustedes pueden verlo mirando
bien las pocas fotografías que ilustran esta nota. Para mí, verlas fue una
revelación en su momento, ya que en ellas se puede percibir una verdad irrefutable:
los músicos de V8 (y algunos amigos que aparecen junto a ellos) usaban remeras de emblemáticas bandas extranjeras, de esas mismas bandas que
tantas veces oí cómo eran rechazadas por parte de los acérrimos seguidores del
“metal argento”, esas bandas que varios se niegan tajantemente a escuchar en
defensa de “lo nacional”, desconociendo e incluso negando el hecho de que sin
esas bandas el heavy metal no hubiese existido, al menos no tal como nosotros lo hemos
conocido. Todo estuvo muy claro para mí cuando vi estas fotos. Ahí comprendí
por qué muchas bandas que pregonaban el “metal argento” no poseían ese fuego,
por qué su sonido estaba como mutilado o apagado, por qué sus seguidores
parecían no notarlo. La explicación, por si a esta altura hiciera falta, parece
ser simple: estos tipos defensores de lo “argento” no se identifican con la
música, no aprecian el heavy metal, sino que siguen una idea distorsionada,
bastardeada, manipulada inclusive con fines comerciales (esto último nadie me
lo quitará de la cabeza hasta que alguien me demuestre lo contrario). Por lo
menos, así lo veo yo.
Mi única pretensión para con este artículo es exponer lo
que desde hace tiempo vengo pensando y de paso, si puedo, aunque sea mínimamente, quiero ponerle
un palo a la rueda de la ignorancia que aun sigue girando con fuerza en el
ambiente musical en general. Por si acaso con la música contenida en los discos
del grupo y los testimonios de la época no alcanzara, las imágenes de V8 nos dicen cosas, nos revelan
verdades que quizá permanecen ocultas para muchos que nunca se han detenido a observar lo suficiente. Lo pueden ver en las
fotografías que ilustran este texto: las remeras de V8 hablan. Y nos dicen que estos muchachos en aquellos años
escuchaban a Motörhead, Black Sabbath, Saxon, Judas Priest y Iron Maiden. Y
si escuchan los primeros álbumes de estas legendarias bandas británicas
(inglesas, para ser más específico) se darán cuenta que la música de V8 tiene varios elementos de estas
agrupaciones, que la inspiración para generar un sonido, un estilo y una imagen propios
provino de allí en buena medida. Recuérdenlo cada vez que alguien les quiera
vender el paquete del “metal argento”.
martes, 17 de junio de 2014
Red Sky
Hace ya
algunos meses, dialogando sobre nuestra admiración por la obra del guitarrista
alemán Michael Schenker, el Vasco Urrestarazu de San
Nicolás (guitarrista, fundador y líder de la banda El Vasco, un emblema del heavy rock en su ciudad, gran músico y un tipo
más que agradable para compartir una mesa charlando sobre la música, la vida y
demás vicisitudes) me mencionó una anécdota que juntaba a dos de nuestros
héroes: al legendario guitarrista germano y a José Luis Campuzano, el “Sherpa”,
el alma del Barón Rojo clásico. Al
otro día, al leer el relato que el Sherpa
hizo de la anécdota en su escrito autobiográfico titulado “Dando la Nota”,
quedé encantado con las líneas que se sucedían ante mis ojos. Se trataba de una
de esas míticas aventuras rockeras, de una noche de farra que se convirtió en
una sesión musical que derivó en un momento de inspiración genial, que
terminaría plasmándose en una composición brillante, inmortal. Así de simple. Buenos
músicos que se caen bien, congenian, pasan un buen momento juntos, encienden su
motor, la química se da instantáneamente y dejan fluir la magia. Algo que tanto
se ha perdido de vista en los últimos años, épocas en que las palabras como
“profesionalismo”, “elaboración”, “producción”, “equipamiento”, “actitud” y
demás términos parecen haber acaparado casi todo el espectro dejando de lado la
inspiración, el placer, la clase, la pasión por la música, en lugar de ser un
complemento al servicio de estos últimos.
Personalmente,
a mí no me deja nada un tema ultra-producido, trabajado por músicos
super-profesionales que no dejan entrever ni un ápice de pasión por lo que están
tocando, que si tuvieron ese momento de inspiración lo han sepultado tras
semanas y semanas de “pulido” y saturado completamente de efectos y artificios.
Le han quitado la frescura a la composición, si es que en algún momento la tuvo.
Tratar de encontrarle un sentido a eso, para que esa pieza sonora se convierta en algo que pueda
acompañarme en mi vida, es una manera muy aburrida de desperdiciar mi tiempo. La
música así concebida no me llega en absoluto y prefiero seguir de largo.
Pero, en fin, no quiero irme por las ramas ni aburrirlos con mis apreciaciones personales sobre la modernidad y modos actuales de percibir la música. Lo mejor es que le ceda la palabra (por decirlo de alguna manera) al gran Sherpa Campuzano para que nos cuente como surgió su amistad y su colaboración con el bueno de Michael Schenker. Disfruten y si les gustó compartan esta anécdota con sus amigos del heavy y el rock, que al fin y al cabo siempre es bueno que estas historias circulen en el ambiente.
Pero, en fin, no quiero irme por las ramas ni aburrirlos con mis apreciaciones personales sobre la modernidad y modos actuales de percibir la música. Lo mejor es que le ceda la palabra (por decirlo de alguna manera) al gran Sherpa Campuzano para que nos cuente como surgió su amistad y su colaboración con el bueno de Michael Schenker. Disfruten y si les gustó compartan esta anécdota con sus amigos del heavy y el rock, que al fin y al cabo siempre es bueno que estas historias circulen en el ambiente.
Como soy
fatal para las fechas (todas las que he colocado por aquí las he puesto a
voleo), creo recordar que conocí a Michael Schenker en 1982, año pletórico de
acontecimientos, como dicen esos gordos anuarios que la gente usa de
sujeta-libros. Estábamos, de nuevo, en Inglaterra haciendo una gira por el país
y por Escocia. No hacía mucho que habíamos vivido uno de los más
extraordinarios momentos de nuestra carrera
musical: Reading, el gran festival de rock, el sueño hecho realidad. En otra
ocasión hablaré de este emocionante acontecimiento; ahora prefiero dejarlo, no
vaya a darme por escribir una oda y en lugar de llevarme a Ciempozuelos me den
un premio de literatura.
Sí mencionaré que en Reading habíamos visto actuar a
Michael Schenker cerrando el festival, que fue uno de esos conciertos que te
calan tan hondo como la lluvia que, naturalmente, caía, no iba a ser al revés,
y que el guitarrista alemán me había parecido un virtuoso de su instrumento y
un músico sensible y sincero. Queda dicho.
Ahora estábamos en vísperas de la famosa gira, y para abrir boca volvíamos a actuar en el “Greyhound”. Los nervios de la primera vez habían pasado y nos movíamos por el escenario de aquel gran pub-sala de conciertos como si hubiéramos nacido en Picadilly, o en “Picalidi” como decía un furgonetero español que trabajó con nosotros en Inglaterra. Que por cierto, en lo tocante a hablar “spanglish” en Londres, conocemos casos de auténticos maestros. Si alguien tiene problemas para que la taquillera del metro londinense le entienda, que les pida consejo. Le enseñarán que decir: “Tó te lo dán con ron” es el mejor sistema de solicitar un billete para “Tottenham Court Road”, o que “Hojas Secas” equivale a pronunciar “Oxford Circus”, y se te entiende de maravilla. De nada.
Me parece recordar que hablaba de Michael Schenker. Sí. Fue en el “Greyhound” donde nuestro manager de entonces, Jesús Caja, se acercó al escenario y nos comunicó que nos tenía una sorpresa reservada. La sorpresa resultó ser un joven rubio de camisa blanca que nos observaba desde el fondo de la sala. Era el guitarrista alemán de Reading, y venía a tocar con nosotros.
Cuando nos cercioramos de que no se trataba de ningún doble, empezamos a comprobar que se trataba de un tipo estupendo. Y también comprobamos que se trataba de un tipo un poco maniático. Desde el primer momento anunció que él venía a tocar con nosotros, sí, pero solo en el caso de que tuviéramos una guitarra modelo “Flying V” de Gibson, único tipo de guitarra que él utilizaba. Como los hermanos De Castro cuentan con una buena colección de guitarras, la “Flying V” la teníamos disponible. Y Michael Schenker tocó con Barón Rojo en el clásico y ya familiar escenario del “Greyhound”.
Le
invitamos a cenar. No sé si le gustó mucho
la cena o nuestra compañía, el caso es que enseguida congeniamos. La primera
buena impresión que nos había causado quedó ampliamente ratificada, y además de
un tipo estupendo y maniático demostró ser un ser encantador y tener una
particular clase de inocencia, como la de un niño travieso. Nos despedimos como
amigos.
Pocos
días después, y cuando ya esa gira, que nunca había mencionado hasta ahora,
estaba en curso, Hermes y yo acompañados por el famoso roadie inglés Nick, del
que hablo por ahí en otras páginas, desembarcamos en una sofisticada discoteca
de moda que nos habían recomendado y en la que nosotros tres no pegábamos ni
con cola. Los modernos de la época nos miraban por encima del hombro, entre
otras cosas porque estaban todos subidos en altísimas suelas modelo
“Frankenstein”. A punto de irnos, no fuera
alguien a darnos un pisotón, apareció por allí Michael Schenker. Y nos invitó a
una boda. Le seguimos en el convencimiento
de que en cualquier otro festejo, incluida una boda, estaríamos más en nuestro
ambiente que en aquel antro de lujo.
El alemán y un amigo que compartía piso con él subieron al flamante Mercedes del guitarrista, y nosotros les seguimos a bordo de nuestro modesto Ford Granada alquilado. Y a nosotros nos siguió la policía a bordo de un coche de la Secreta. Nos interceptó y nos obligó a parar. Michael Schenker y el amigo acudieron a ver qué era aquello tan emocionante. La poli nos pidió los papeles y los revisó con todo el aspecto de tomarlos por falsos. Nick entonces sacó a relucir sus mejores cualidades de labia e ímpetu, que no siempre daban buenos resultados. Sin cortarse un pelín les dijo a los agentes que estaban tratando nada menos que con dos de los famosos miembros del famoso grupo Nº1 Barón Rojo, en actual gira por la Gran Bretaña. Y, sorprendentemente, los policías no sólo no le dieron un bofetón y le llevaron a comisaría por idiota, sino que nos reconocieron. Por los carteles, debió ser, y porque estábamos de suerte aquella noche. Nos pidieron todo tipo de disculpas, y nos informaron de que estaban buscando un coche Ford Granada y se les había ordenado detener todos los de esa marca y modelo. Se comportaron amablemente, y fingieron no haber oído un: “I hate the police!” (“odio a la policía!”) que el amigo de Schenker dejó caer en aquel momento, muy oportuno. Se largaron y nosotros volvimos a nuestro sospechoso Ford Granada, y el resto del viaje lo empleamos en seguir con un ojo al Mercedes para no perdernos y con el otro a vigilar si aparecía algún otro coche de la bofia.
El alemán y un amigo que compartía piso con él subieron al flamante Mercedes del guitarrista, y nosotros les seguimos a bordo de nuestro modesto Ford Granada alquilado. Y a nosotros nos siguió la policía a bordo de un coche de la Secreta. Nos interceptó y nos obligó a parar. Michael Schenker y el amigo acudieron a ver qué era aquello tan emocionante. La poli nos pidió los papeles y los revisó con todo el aspecto de tomarlos por falsos. Nick entonces sacó a relucir sus mejores cualidades de labia e ímpetu, que no siempre daban buenos resultados. Sin cortarse un pelín les dijo a los agentes que estaban tratando nada menos que con dos de los famosos miembros del famoso grupo Nº1 Barón Rojo, en actual gira por la Gran Bretaña. Y, sorprendentemente, los policías no sólo no le dieron un bofetón y le llevaron a comisaría por idiota, sino que nos reconocieron. Por los carteles, debió ser, y porque estábamos de suerte aquella noche. Nos pidieron todo tipo de disculpas, y nos informaron de que estaban buscando un coche Ford Granada y se les había ordenado detener todos los de esa marca y modelo. Se comportaron amablemente, y fingieron no haber oído un: “I hate the police!” (“odio a la policía!”) que el amigo de Schenker dejó caer en aquel momento, muy oportuno. Se largaron y nosotros volvimos a nuestro sospechoso Ford Granada, y el resto del viaje lo empleamos en seguir con un ojo al Mercedes para no perdernos y con el otro a vigilar si aparecía algún otro coche de la bofia.
Sin más
percances, llegamos a una discoteca que había sido cerrada expresamente para la
celebración del festejo nupcial. Por lo visto el recién casado era un amigo del
Schenker, y entre los invitados apareció el entonces cantante de Michael Schenker Group, Gary Barden,
muy trajeado y con corbata porque al parecer había sido el padrino. Fuimos
recibidos con una simpatía y grandes dosis de bebida, y estuvimos allí un par
de horas apurándolas con entusiasmo a la salud de los recién conocidos y
desposados.
Cuando
ya habíamos gorroneado bastante, anunciamos a Michael que nos volvíamos al
hotel. Él, entonces, nos propuso que nos pasáramos un rato por su casa a
continuar la movida y la bebida. Dijimos: “Why not?” que significa “¿por qué
no?” pero que en inglés queda bonito, y nos fuimos Hermes, Nick, Gary Barden,
la novia de Gary Barden, Michael Schenker, el amigo de Michael Schenker y un
servidor, a continuar nuestras charlas tipo indio en un inglés con acento
alemán, español y barriobajero.
El
apartamento del guitarrista era un lugar agradable y bastante ordenado, aunque
de repente te encontrabas en un rincón los restos náufragos y patéticos de una
“Flying V” hecha trizas. El alemán nos contó que él mismo la había destrozado contra
la pared en el frenesí de un tremendo cabreo que se había agarrado con los
abogados de su compañía de discos. Le comprendimos y le consolamos. Sacó
entonces la hermana gemela de la destrozada y comenzó a tocar. En un pronto que le dio, sugirió que yo le acompañara con
el bajo. La cosa me apeteció. Nick se ofreció a ir en busca del instrumento, y
de paso traer unas bebidas y otras cosas más fuertecitas y apetitosas. Partió
en esa misión y la cumplió a total satisfacción de los demandantes.
Y en
aquel apartamento de un Londres otoñal y adormilado, el alba rosácea y dickensiana
nos encontró tocando, y llegó una mañana de británicas luces grises y nos
encontró tocando y grabando todavía. A Michael Schenker le sangraban los dedos,
yo estaba tirado por la moqueta plantándole cara a un sopor obsesivo, a Hermes
le lloraban los ojos tras las lentillas y Nick roncaba con la picota hacia
arriba. Había sido una “jam session” en toda
regla. Y en el magnetofón de Michael Schenker quedaba constancia de nueve horas
de viaje por las regiones de la música, interrumpidas por breves descansos que
aprovechábamos para ponernos ciegos de todo.
He
vuelto a ver a Michael Schenker varias veces. En una de ellas el compañero de
apartamento ya no estaba, y en su lugar nos abrió la puerta un malayo con cara
de pocos amigos. Al parecer era una especie de “kungfuteca”, criado y
guardaespaldas del guitarrista. En aquella época le tocaba al alemán estar
obsesionado por la cuestión de la inseguridad ciudadana, y además del
kungfuteca, se había agenciado un enorme cuchillo que llevaba metido en el
bolsillo interior de la cazadora con la hoja envuelta en papeles de revista
para no cortarse. De cuando en cuando lo sacaba, lo apuntaba en tu dirección
para recalcar cualquier cosa que estuviera diciendo, y te daba unos sustos
horrorosos. Y el criado malayo no te quitaba
de encima los orientales y oscurísimos ojos, aunque luego se dirigía a ti con
un correcto acento de Oxford que le quitaba a la situación gran parte de su
inquietante atractivo.
Y
Michael Schenker, a la luz de una vela colocada sobre la mesa que todos
rodeábamos como si estuviéramos haciendo espiritismo, te contaba que
prácticamente había dejado la bebida y ahora solo tomaba naranjadas. Con un poquito de vodka, eso sí. Y como se tomaba tantas naranjadas, se agarraba unos
pedales impresionantes. Pero ni las
naranjadas, ni el kungfuteca malayo ni el cuchillo te distraían lo suficiente
como para no notar que Michael Schenker, el guitarrista sensible y poderoso,
estaba en horas muy bajas. Y no sabías qué podías hacer por él. Aparte de ofrecerle un rato de compañía y una botella de
coñac español, que le encantaba (la botella más que la compañía, diría yo).
Ahora Michael Schenker ha recuperado energía,
prestigio y ganas de trabajar. Parece que vuelve a estar arriba, y yo me alegro
por él. Y sigo considerándole mi amigo,
mientras no se demuestre lo contrario.
José
Luis "Sherpa" Campuzano
domingo, 15 de junio de 2014
14 de junio: día del heavy metal tradicional
Hace ya un año, el 14 de junio de
2013, en esta ciudad argentina llamada Rosario, tuve la oportunidad de asistir
como cronista televisivo al concierto brindado por Barón Rojo, en la que fue la primera y única visita de la
legendaria banda española a esta húmeda metrópoli santafesina, concretada en el
boliche Willie Dixon. Esa noche, invadido por la emoción de ver nuevamente a
una de las bandas más importantes de la historia del heavy metal a nivel
mundial, volví a vivir la esencia más genuina y pura del heavy metal. Atrapado
en el fragor irresistible de la música, perdiéndome entre los puños en alto, la
adrenalina inconmensurable, los alaridos de libertad, coreando emocionado los
himnos que ya son parte de mi vida. Sí, a esa altura ya no era un cronista, solamente
era otro metálico enardecido y feliz de vivir ese momento, junto a pares de
distintas generaciones. Así debía ser, así fue. Esa noche viví el heavy metal.
Inolvidable.
Exactamente un año después, y sin
ponerme a reparar en ello, me dirigía a otro concierto. En el marco de un
festival benéfico realizado en el local Chopper’s II, la agrupación griega de
heavy metal tradicional Metalmorfosis
desembarcaba en Rosario. Compartiendo la grilla con varias bandas de diversos
estilos (entre las cuales destaco a los impresionantes thrashers Shot-Gun), los helénicos se despacharon
con uno de los mejores shows de heavy metal tradicional que vi en mi vida. En
realidad, Nick Banger (fundador, compositor, vocalista/guitarrista y líder de
la banda) fue el único integrante de origen griego que pisó el escenario esa
noche; los demás eran todos músicos santafesinos que lo acompañaron por esta
mini-gira argentina, pero esto solamente es un detalle: no hay dudas de que
vimos un show de Metalmorfosis. ¡Y
qué pedazo de show que fue, la puta madre! Tanto yo como algunos hermanos
headbangers tuvimos la misma sensación al unísono: estábamos viajando 30 años
hacia atrás, hacia los albores de los años ‘80s. Era como si de pronto
estuviéramos en un concierto de Angel
Witch, Vulcain, Holocaust, Iron Maiden, Jag Panzer,
Diamond Head, Tokyo Blade, Witch Cross,
etc. En fin, heavy metal tradicional, genuino, real, fresco, una descarga
eléctrica estallando directamente ante nosotros, un escenario en llamas donde
al ver a través del humo a Nick Banger y al bajista Eddie Destroyer, tocando
con soltura y con un aspecto que con naturalidad acompañaba a la música, el
viaje en el tiempo era instantáneo! Pero hablando de la música, allí es donde Metalmorfosis levanta bien alto la
bandera, con composiciones que van desde el heavy metal más melódico hasta el
speed metal, filosas canciones tocadas con sentimiento, fuerza y convicción,
sin cosas raras ni moderneadas
forzadas, brillando piezas como “Spectre”, “Angel on the Run”, “Haunted House”,
“Time to Die”, “Over the Waves”, “Guerrera of Metal” (cover de Guerrera), etc. Totalmente entregados
al headbanging y a la ingesta compulsiva de cerveza, estábamos convencidos de
estar presenciando un show histórico. Uno de esos shows que te alejan del
mundo, donde no te importa nada de lo que esté a tu alrededor, donde la
adrenalina fluye y la magia viaja. No me pidan que haga un análisis de algo tan
difícil de describir, solamente puedo decir que otra vez un día 14 de junio
volví a vivir el heavy metal, atravesando todo mi ser. Junto al citado show de Barón Rojo, la primera visita de Paul Di’Anno en 2004 y el concierto que
diera Xenotaph hace un par de años,
esta actuación de Metalmorfosis se
ha convertido en uno de los mejores actos de heavy metal tradicional a los que
asistí en Rosario. Y siempre lo recordaré de esta manera.
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