martes, 17 de junio de 2014

Red Sky



Hace ya algunos meses, dialogando sobre nuestra admiración por la obra del guitarrista alemán Michael Schenker, el Vasco Urrestarazu de San Nicolás (guitarrista, fundador y líder de la banda El Vasco, un emblema del heavy rock en su ciudad, gran músico y un tipo más que agradable para compartir una mesa charlando sobre la música, la vida y demás vicisitudes) me mencionó una anécdota que juntaba a dos de nuestros héroes: al legendario guitarrista germano y a José Luis Campuzano, el “Sherpa”, el alma del Barón Rojo clásico. Al otro día, al leer el relato que el Sherpa hizo de la anécdota en su escrito autobiográfico titulado “Dando la Nota”, quedé encantado con las líneas que se sucedían ante mis ojos. Se trataba de una de esas míticas aventuras rockeras, de una noche de farra que se convirtió en una sesión musical que derivó en un momento de inspiración genial, que terminaría plasmándose en una composición brillante, inmortal. Así de simple. Buenos músicos que se caen bien, congenian, pasan un buen momento juntos, encienden su motor, la química se da instantáneamente y dejan fluir la magia. Algo que tanto se ha perdido de vista en los últimos años, épocas en que las palabras como “profesionalismo”, “elaboración”, “producción”, “equipamiento”, “actitud” y demás términos parecen haber acaparado casi todo el espectro dejando de lado la inspiración, el placer, la clase, la pasión por la música, en lugar de ser un complemento al servicio de estos últimos.


Personalmente, a mí no me deja nada un tema ultra-producido, trabajado por músicos super-profesionales que no dejan entrever ni un ápice de pasión por lo que están tocando, que si tuvieron ese momento de inspiración lo han sepultado tras semanas y semanas de “pulido” y saturado completamente de efectos y artificios. Le han quitado la frescura a la composición, si es que en algún momento la tuvo. Tratar de encontrarle un sentido a eso, para que esa pieza sonora se convierta en algo que pueda acompañarme en mi vida, es una manera muy aburrida de desperdiciar mi tiempo. La música así concebida no me llega en absoluto y prefiero seguir de largo.
Pero, en fin, no quiero irme por las ramas ni aburrirlos con mis apreciaciones personales sobre la modernidad y modos actuales de percibir la música. Lo mejor es que le ceda la palabra (por decirlo de alguna manera) al gran Sherpa Campuzano para que nos cuente como surgió su amistad y su colaboración con el bueno de Michael Schenker. Disfruten y si les gustó compartan esta anécdota con sus amigos del heavy y el rock, que al fin y al cabo siempre es bueno que estas historias circulen en el ambiente.


Como soy fatal para las fechas (todas las que he colocado por aquí las he puesto a voleo), creo recordar que conocí a Michael Schenker en 1982, año pletórico de acontecimientos, como dicen esos gordos anuarios que la gente usa de sujeta-libros. Estábamos, de nuevo, en Inglaterra haciendo una gira por el país y por Escocia. No hacía mucho que habíamos vivido uno de los más extraordinarios momentos de nuestra carrera musical: Reading, el gran festival de rock, el sueño hecho realidad. En otra ocasión hablaré de este emocionante acontecimiento; ahora prefiero dejarlo, no vaya a darme por escribir una oda y en lugar de llevarme a Ciempozuelos me den un premio de literatura. Sí mencionaré que en Reading habíamos visto actuar a Michael Schenker cerrando el festival, que fue uno de esos conciertos que te calan tan hondo como la lluvia que, naturalmente, caía, no iba a ser al revés, y que el guitarrista alemán me había parecido un virtuoso de su instrumento y un músico sensible y sincero. Queda dicho.



Ahora estábamos en vísperas de la famosa gira, y para abrir boca volvíamos a actuar en el “Greyhound”. Los nervios de la primera vez habían pasado y nos movíamos por el escenario de aquel gran pub-sala de conciertos como si hubiéramos nacido en Picadilly, o en “Picalidi” como decía un furgonetero español que trabajó con nosotros en Inglaterra. Que por cierto, en lo tocante a hablar “spanglish” en Londres, conocemos casos de auténticos maestros. Si alguien tiene problemas para que la taquillera del metro londinense le entienda, que les pida consejo. Le enseñarán que decir: “Tó te lo dán con ron” es el mejor sistema de solicitar un billete para “Tottenham Court Road”, o que “Hojas Secas” equivale a pronunciar “Oxford Circus”, y se te entiende de maravilla. De nada.


Me parece recordar que hablaba de Michael Schenker. Sí. Fue en el “Greyhound” donde nuestro manager de entonces, Jesús Caja, se acercó al escenario y nos comunicó que nos tenía una sorpresa reservada. La sorpresa resultó ser un joven rubio de camisa blanca que nos observaba desde el fondo de la sala. Era el guitarrista alemán de Reading, y venía a tocar con nosotros.
Cuando nos cercioramos de que no se trataba de ningún doble, empezamos a comprobar que se trataba de un tipo estupendo. Y también comprobamos que se trataba de un tipo un poco maniático. Desde el primer momento anunció que él venía a tocar con nosotros, sí, pero solo en el caso de que tuviéramos una guitarra modelo “Flying V” de Gibson, único tipo de guitarra que él utilizaba. Como los hermanos De Castro cuentan con una buena colección de guitarras, la “Flying V” la teníamos disponible. Y Michael Schenker tocó con Barón Rojo en el clásico y ya familiar escenario del “Greyhound”.


Le invitamos a cenar. No sé si le gustó mucho la cena o nuestra compañía, el caso es que enseguida congeniamos. La primera buena impresión que nos había causado quedó ampliamente ratificada, y además de un tipo estupendo y maniático demostró ser un ser encantador y tener una particular clase de inocencia, como la de un niño travieso. Nos despedimos como amigos.
Pocos días después, y cuando ya esa gira, que nunca había mencionado hasta ahora, estaba en curso, Hermes y yo acompañados por el famoso roadie inglés Nick, del que hablo por ahí en otras páginas, desembarcamos en una sofisticada discoteca de moda que nos habían recomendado y en la que nosotros tres no pegábamos ni con cola. Los modernos de la época nos miraban por encima del hombro, entre otras cosas porque estaban todos subidos en altísimas suelas modelo “Frankenstein”. A punto de irnos, no fuera alguien a darnos un pisotón, apareció por allí Michael Schenker. Y nos invitó a una boda. Le seguimos en el convencimiento de que en cualquier otro festejo, incluida una boda, estaríamos más en nuestro ambiente que en aquel antro de lujo.
El alemán y un amigo que compartía piso con él subieron al flamante Mercedes del guitarrista, y nosotros les seguimos a bordo de nuestro modesto Ford Granada alquilado. Y a nosotros nos siguió la policía a bordo de un coche de la Secreta. Nos interceptó y nos obligó a parar. Michael Schenker y el amigo acudieron a ver qué era aquello tan emocionante. La poli nos pidió los papeles y los revisó con todo el aspecto de tomarlos por falsos. Nick entonces sacó a relucir sus mejores cualidades de labia e ímpetu, que no siempre daban buenos resultados. Sin cortarse un pelín les dijo a los agentes que estaban tratando nada menos que con dos de los famosos miembros del famoso grupo Nº1 Barón Rojo, en actual gira por la Gran Bretaña. Y, sorprendentemente, los policías no sólo no le dieron un bofetón y le llevaron a comisaría por idiota, sino que nos reconocieron. Por los carteles, debió ser, y porque estábamos de suerte aquella noche. Nos pidieron todo tipo de disculpas, y nos informaron de que estaban buscando un coche Ford Granada y se les había ordenado detener todos los de esa marca y modelo. Se comportaron amablemente, y fingieron no haber oído un: “I hate the police!” (“odio a la policía!”) que el amigo de Schenker dejó caer en aquel momento, muy oportuno. Se largaron y nosotros volvimos a nuestro sospechoso Ford Granada, y el resto del viaje lo empleamos en seguir con un ojo al Mercedes para no perdernos y con el otro a vigilar si aparecía algún otro coche de la bofia.


Sin más percances, llegamos a una discoteca que había sido cerrada expresamente para la celebración del festejo nupcial. Por lo visto el recién casado era un amigo del Schenker, y entre los invitados apareció el entonces cantante de Michael Schenker Group, Gary Barden, muy trajeado y con corbata porque al parecer había sido el padrino. Fuimos recibidos con una simpatía y grandes dosis de bebida, y estuvimos allí un par de horas apurándolas con entusiasmo a la salud de los recién conocidos y desposados.
Cuando ya habíamos gorroneado bastante, anunciamos a Michael que nos volvíamos al hotel. Él, entonces, nos propuso que nos pasáramos un rato por su casa a continuar la movida y la bebida. Dijimos: “Why not?” que significa “¿por qué no?” pero que en inglés queda bonito, y nos fuimos Hermes, Nick, Gary Barden, la novia de Gary Barden, Michael Schenker, el amigo de Michael Schenker y un servidor, a continuar nuestras charlas tipo indio en un inglés con acento alemán, español y barriobajero.


El apartamento del guitarrista era un lugar agradable y bastante ordenado, aunque de repente te encontrabas en un rincón los restos náufragos y patéticos de una “Flying V” hecha trizas. El alemán nos contó que él mismo la había destrozado contra la pared en el frenesí de un tremendo cabreo que se había agarrado con los abogados de su compañía de discos. Le comprendimos y le consolamos. Sacó entonces la hermana gemela de la destrozada y comenzó a tocar. En un pronto que le dio, sugirió que yo le acompañara con el bajo. La cosa me apeteció. Nick se ofreció a ir en busca del instrumento, y de paso traer unas bebidas y otras cosas más fuertecitas y apetitosas. Partió en esa misión y la cumplió a total satisfacción de los demandantes.
Y en aquel apartamento de un Londres otoñal y adormilado, el alba rosácea y dickensiana nos encontró tocando, y llegó una mañana de británicas luces grises y nos encontró tocando y grabando todavía. A Michael Schenker le sangraban los dedos, yo estaba tirado por la moqueta plantándole cara a un sopor obsesivo, a Hermes le lloraban los ojos tras las lentillas y Nick roncaba con la picota hacia arriba. Había sido una “jam session” en toda regla. Y en el magnetofón de Michael Schenker quedaba constancia de nueve horas de viaje por las regiones de la música, interrumpidas por breves descansos que aprovechábamos para ponernos ciegos de todo.


Una de aquellas cosas que había en el magnetofón era un riff que yo inicié y al que Michael Schenker se adhirió inmediatamente, para entre los dos sacar adelante un verdadero tema. El alemán, entusiasmado, me prometió que ese tema figuraría en su próximo disco. Y así fue. Y ahí está, como recuerdo de una noche de extraños efluvios, una canción que se llama “Red Sky”, “Cielo Rojo”, como el cielo de aquel amanecer a través de nuestra mirada alucinada.
He vuelto a ver a Michael Schenker varias veces. En una de ellas el compañero de apartamento ya no estaba, y en su lugar nos abrió la puerta un malayo con cara de pocos amigos. Al parecer era una especie de “kungfuteca”, criado y guardaespaldas del guitarrista. En aquella época le tocaba al alemán estar obsesionado por la cuestión de la inseguridad ciudadana, y además del kungfuteca, se había agenciado un enorme cuchillo que llevaba metido en el bolsillo interior de la cazadora con la hoja envuelta en papeles de revista para no cortarse. De cuando en cuando lo sacaba, lo apuntaba en tu dirección para recalcar cualquier cosa que estuviera diciendo, y te daba unos sustos horrorosos. Y el criado malayo no te quitaba de encima los orientales y oscurísimos ojos, aunque luego se dirigía a ti con un correcto acento de Oxford que le quitaba a la situación gran parte de su inquietante atractivo.
Y Michael Schenker, a la luz de una vela colocada sobre la mesa que todos rodeábamos como si estuviéramos haciendo espiritismo, te contaba que prácticamente había dejado la bebida y ahora solo tomaba naranjadas. Con un poquito de vodka, eso sí. Y como se tomaba tantas naranjadas, se agarraba unos pedales impresionantes. Pero ni las naranjadas, ni el kungfuteca malayo ni el cuchillo te distraían lo suficiente como para no notar que Michael Schenker, el guitarrista sensible y poderoso, estaba en horas muy bajas. Y no sabías qué podías hacer por él. Aparte de ofrecerle un rato de compañía y una botella de coñac español, que le encantaba (la botella más que la compañía, diría yo). Ahora Michael Schenker ha recuperado energía, prestigio y ganas de trabajar. Parece que vuelve a estar arriba, y yo me alegro por él. Y sigo considerándole mi amigo, mientras no se demuestre lo contrario.

José Luis "Sherpa" Campuzano


Nota: “Red Sky” apareció en el cuarto álbum de Michael Schenker Group, “Built to Destroy” (1983)



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