lunes, 25 de abril de 2016

Joe Lynn Turner + Walter Giardino Temple en Rosario: una cita con la historia


Rosario. Sábado 23 de abril de 2016. Joe Lynn Turner volvía a visitar la Chicago argentina, nuevamente con Walter Giardino Temple como grupo de apoyo, para ponerle su voz a aquellas canciones que contribuyeron a cimentar su propia leyenda sumadas a algunos covers de las insignes bandas que él mismo integró. Esta vez la velada se desarrolló en la franquicia local del Teatro Vorterix ante una numerosa y entusiasta concurrencia, compuesta por distintas generaciones de auténticos apasionados por el rock duro. Bajo las luces que ayudaban a la Luna a iluminar la vereda, en una noche otoñal ávida de emociones, podíamos ver llegar a jóvenes y veteranos, parejas y almas solitarias, grupos de amigos y seres errantes, todos con la expectativa a flor de piel. Headbangers enfundados en camperas de cuero, rockers portando orgullosos sus chaquetas de jean, mucha remera de Deep Purple, pero también de Rainbow, Kiss, AC/DC, Bon Jovi, Michael Schenker Group, Rata Blanca, etc. En definitiva, un marco heavy rocker clásico en toda la regla.
Antes de esbozar una crónica del concierto me permitiré expresar una temprana conclusión: una leyenda se revalida noche a noche, sobre cada escenario, y eso Joe Lynn Turner lo tiene muy claro.

Keepers

Ingresé al amplio local ubicado en barrio Pichincha (recinto que no conocía y que me pareció apropiado para este tipo de eventos) minutos antes de las 21:30, razón por la cual me perdí a Barbaroja, el primer grupo soporte. El segundo acto corrió por cuenta de Keepers, banda local que desempeñó un correcto y entretenido tributo a Helloween. Si bien de los germanos lo que más me gusta es su primerísima etapa con Kai Hansen en voz y guitarra (la época de aguerrido speed metal de mediados de los '80s que quedó plasmada en el EP autotitulado y en su primer LP "Walls of Jericho"), el show de Keepers se me hizo muy llevadero escuchando clásicos como "Eagle Fly Free", "Future World", "I Want Out", etc. La banda sonó bien ensamblada, destacándose especialmente la labor y destreza de sus dos guitarristas, Emiliano Bracamonte y Diego Schmidhalter, quienes tocaron con mucha soltura y dominando su instrumento, manteniendo la fluidez que la música pide. Cabe mencionar también que el repertorio de Keepers no estuvo ciento por ciento integrado por piezas de Helloween, ya que cerca del final de su set se despacharon con una composición de su propia autoría: "Rising Again", con la cual dejaron en claro que pueden crear algo que permanezca al nivel del material que interpretan.

Una actitud fundamental en el rock y en la vida es la de no rendirse. Hacía bastante que no veía en vivo a Proyekto X, último grupo telonero de la noche. Nuevamente han atravesado por cambios en su alineación, pero su estilo no ha variado ni se ha resentido en absoluto: siguen enrolados en el hard rock/heavy metal tradicional de corte ochentero, con especial acento en las melodías y en los medios tiempos. Esto habla de la voluntad de la banda por seguir apostando por el estilo clásico que vienen desarrollando hace años y no dejarse doblegar por las tendencias que con frecuencia pretende imponer el mercado. A eso lo llamo integridad. Entre los nuevos integrantes, destaco la incorporación del vocalista Equix, quien le aporta al grupo un ímpetu rocker y desfachatado que antes no tenía. Tocaron temas ya habituales de su repertorio, como "Sueños de Metal" y "No Mendigues Amor", además de otras piezas más nuevas como "Sueño Irreal". Sonaron compactos, afirmados en lo suyo, demostrando estar a la altura de las circunstancias.


Alrededor de las 23 hs, Walter Giardino Temple salió a escena. El publico los recibió efusivamente y ellos arremetieron con "Cacería" y "Sobre la Raya", comenzando así a desplegar una a una la mayoría de las canciones que integran su álbum autotitulado de 1998. Actualmente Temple está integrado por Javier Barrozo (Magnos, Hellion, ex Lörihen) a cargo de la voz, Fernando Scarcella (Rata Blanca, ex Logos) en batería, Javier Retamozo (ex Rata Blanca, ex Alakran) en teclados, Pablo Motyczak en bajo y, obviamente, el alma máter de Rata Blanca en la guitarra. Walter Giardino, tanto en su impronta y su presencia escénica como en su manera de tocar, sabe dar cuenta de qué se trata este asunto, ejecutando su instrumento con clase y convicción. La presentación de estos temas duró casi una hora, destacándose como puntos altos las performances en "Héroe de la Eternidad", "Azul y Negro" y "Corte Porteño", disfrutables de principio a fin.


Tras un parate que duró pocos minutos, los músicos volvieron a salir a escena, ahora con Joe Lynn Turner ocupando el lugar de Javier Barrozo. El experimentado cantante estadounidense avisó de entrada que se encontraba algo cansado debido a los viajes y el trajín de la gira (un tour que los llevó por diferentes localidades del país, Uruguay y Chile; y que los llevará por más ciudades de nuestro territorio, Bolivia y Paraguay). Pero, ojo, a no creer que se estaba excusando de algo, solamente fue un comentario al pasar, ya que con la mejor predisposición y mostrando su muy buen humor, de inmediato nos dejó en claro de qué está hecho: es el típico italoamericano de Nueva Jersey (su nombre verdadero es Joseph Arthur Mark Linquito) que no arruga ante nada ni nadie y que brinda lo mejor de sí para llevar a buen puerto el trabajo que se le ha encomendado. Así fue que le puso su garganta y su espíritu a clásicos absolutos como "Spotlight Kid", "Death Alley Driver", "I Surrender", "Can't Let You Go" y el exquisito "Street of Dreams", gemas del Rainbow de los '80s, aquel que Turner ayudó a mantener a flote y sobresalir, piezas que han resistido el implacable paso del tiempo. La banda sonó fresca y ajustada aquí también, acoplándose perfectamente a su papel de grupo de apoyo, con Walter Giardino cumpliendo el sueño del pibe y jugando a ser Ritchie Blackmore por un rato.


Además de mantenerse en plena forma y de echar mano a su oficio, el bueno de Joe hizo gala de su carisma, interactuando mucho con la gente, saludando y agradeciendo, brindando una sonrisa o apretando su puño cuando la apasionada interpretación de la canción así lo requería. Y si hablamos de oficio, este muchacho estadounidense de 64 años lo tuvo de demostrar en su momento, cuando se calzó la camiseta de Rainbow y luego la de Deep Purple, así que no extrañó que interpretara canciones de esos grupos que aparecen en álbumes que el no grabó: "Perfect Strangers" y "Man on the Silver Mountain" fueron dos puntos altísimos del show. Y, si de Deep Purple hablamos, también interpretaron "Love Conquers All", "Fire in the Basement" y "Wicked Ways", todas canciones del "Slaves and Masters" (1990), único álbum de estudio que Joe Lynn Turner registrara como vocalista de la mítica agrupación británica (integro el Mark V).
Al comienzo de los bises, sorprendieron con "Rising Force", aquel inoxidable clasicazo de Yngwie Malmsteen (recordemos que Joe Lynn Turner fue vocalista del guitarrista sueco entre 1987 y 1989 e hizo lo suyo en el álbum "Odyssey"). A esa altura de la noche, la voz de Turner ya empezaba a resentirse, pero poco se notó, ya que supo ofrecerle el micrófono al publico un par de veces en "Long Live Rock and Roll", que además dejó espacio para que los músicos zaparan y se lucieran individualmente. La gente ya estaba entregada tras casi una hora y media de show con Joe Lynn Turner sobre las tablas. Y el remate fue bien arriba: Javier Barrozo se unió a Joe para alternar voces y junto al resto de Temple arremetieron con "Burn". Fantástico cierre para una noche memorable. Aplausos y ovación,


La sonrisa de satisfacción de la gente que salía del local hablaba por sí sola. Obtuvieron lo que habían ido a buscar y se marcharon adentrándose en la húmeda y fresca noche con el corazón lleno de Rock. Nos dimos el gusto de ver a un Walter Giardino más relajado, tocando otras canciones que no tienen lugar en repertorio el de Rata Blanca y a la vez rindiendo homenaje a sus influencias. Y lo vimos a Joe Lynn Turner, revalidando su propia leyenda, allí, frente a nosotros, yéndose triunfador una vez más. Y sí, los italoamericanos son gente dura; si lo sabremos nosotros, que al fin y al cabo somos el país de los italoamericanos del sur. El sábado por la noche tuvimos una cita con la historia y no hemos sido defraudados.


#Las fotografías del concierto fueron tomadas de sitios oficiales de los artistas

martes, 23 de junio de 2015

Escuchando un viejo vinilo de Saxon...


Pongo mi vinilo de Saxon en el tocadiscos y enseguida un torrente de poder metálico me arrasa. Mi mente se transporta a otros tiempos y me entrego por completo a ese viaje. Mi disco no es nuevo, ni mucho menos. Se trata de un ejemplar de "El Brazo Fuerte de la Ley", editado allá por 1980, casi en simultaneo a mi nacimiento. Entonces me pongo a pensar: ¿Quien habrá sido el que compro aquel disco ese año, cuando salió a la venta? ¿Quién sería ese joven heavy, ese rocker de alma que se pasaba horas encerrado en su pieza escuchándolo? ¿Será de tanto escucharlo que se oyen algunos saltos, algunas imperfecciones, en el material ya gastado pero aun vivo y cargado de magia y poder? ¿Cuáles habrán sido las sensaciones, los sueños, las emociones, que ese pibe dejaba fluir mientras escuchaba esta obra maestra? ¿Habrá estado metido en el movimiento, habrá ido a ver a Riff, se habrá enloquecido con la aparición de V8, de Bloke, de Thor? Tantas preguntas, y a medida que pasan los temas, cada vez me siento mas cerca de ese chico, de ese joven metálico que se asombraba al escuchar los filosos solos de Paul Quinn y Graham Oliver, la potente voz de Biff Byford...
¿Como fue que ese muchacho se deshizo de esta joya? ¿Necesitaría la plata? ¿No le gustaba más Saxon? ¿Habrá caído en la fiebre del CD y se deshizo de todos sus viejos discos?
¿Lo habré conocido al propietario original de este disco? Quizá fuimos a ver algunos recitales, y mientras él se alejaba de la escena, yo empezaba a entrar. O quizás nos hemos cruzado varias veces, hasta puede que hayamos compartido una cerveza juntos y haya escuchado sus historias sobre aquellos salvajes tiempos fundacionales, sobre cómo fue descubrir al mismo tiempo a Judas Priest, a Iron Maiden, a Accept, a Twisted Sister...
Definitivamente he quedado atrapado entre los surcos que la púa recorre firmemente, no puedo ni quiero salir. De repente me siento fuera del espacio-tiempo, y sé que estoy ahí, en 1980, junto a ese joven adolescente soñador y solitario que se enloquece toda la tarde escuchando unos pocos discos, que lo llevan a otro mundo. Y yo ya soy como él, y yo ya pertenezco a ese mundo. Y sabemos que hay otros, más allá de los muros, más allá de las distancias, más allá de los tiempos. No pertenecemos a este mundo sino a aquel en donde el tiempo no transcurre, en donde la energía fluye, en donde la magia vive, en donde la púa sigue recorriendo esos mismos surcos gastados y llenos de vida, eternamente, una y otra vez...


viernes, 4 de julio de 2014

Playlist semanal Nº2


  1. XENOTAPH (Argentina): “Rehearsal 16-04-12” (2012). Cassette que vengo gastando desde hace un par de años.
  2. JUDAS PRIEST (Inglaterra): “Redeemer of Souls” (2014). Siguen entre nosotros, afortunadamente.
  3. WITCHFYNDE (Inglaterra): “Give ‘em Hell” (1980). Imprescindible escucha para todos los amantes de la NWOBHM.
  4. LED ZEPPELIN (Inglaterra): “Led Zeppelin III” (1970).
  5. BOSTON (Estados Unidos): “Boston” (1976).
  6. CARCASS (Inglaterra): “Live at Planet X (Liverpool, 1989)” (bootleg). 
  7. TUNGSTENO (Argentina): “Inminente Aniquilación” (2011).

viernes, 27 de junio de 2014

Playlist semanal Nº1



  1. ARIA (Unión Soviética): “Konsert 1987 (bootleg). Un viaje en el tiempo para descubrir cómo sonaba en vivo el heavy metal que se hacía detrás de la cortina de hierro.
  2. METALMORFOSIS (Grecia): “…Through Space… And Time” (2012). Obra maestra contemporánea.
  3. JUDAS PRIEST (Inglaterra): todos los discos de los ‘70s.
  4. CORSARIO (Argentina): “El Capítulo de las Sombras” (2005). Muy buena banda rosarina de heavy metal que ostentaba una gran influencia de Mercyful Fate/King Diamond.
  5. MERCYFUL FATE (Dinamarca): “Melissa” (1983). Imprescindible.
  6. BOB DYLAN (Estados Unidos): “John Wesley Harding” (1967).
  7. DIO (Estados Unidos): “The Last in Line” (1984).

jueves, 19 de junio de 2014

V8: cuando las remeras hablan



Hace ya unos cuantos años que vengo escuchando un término que me hizo ruido desde un primer momento: “metal argento”. Primero lo tomé como una especie de sinónimo de “heavy metal argentino”, “heavy metal nacional” o “heavy metal hecho en Argentina”, lo cual me pareció bien; después de todo, en cada parte del mundo donde hayan surgido escenas genuinas de heavy metal en los años ‘80s, se ha forjado cada una de ellas una identidad particular, constituyendo una escuela propia. Así, uno puede distinguir que no es lo mismo el heavy metal inglés que el heavy metal alemán o que el heavy metal canadiense, por ejemplo. Cada uno tiene su propia impronta, su propio sello, y la escena argentina no tenía por qué ser la excepción en todo esto.
Ahora bien, más ruido comenzó a hacerme el término “metal argento”, más extraño se empezó a tornar para mí, a medida que veía que era reivindicado por algunos heavys que solamente parecían concebir una única manera de hacer heavy metal en la Argentina y que así era como debía ser: de corte nacionalista, con cierta crudeza y tosquedad, con marcadas influencias de V8, Hermética, Malón, Almafuerte (acentuando la prédica y el tono de Ricardo Iorio), algo del primer Horcas, quizá en menor medida Nepal, etc. Eso sí, la mayoría de las bandas que practicaban este “metal argento” parecían no captar jamás, salvo contadas excepciones, ni la esencia ni el ímpetu metálico de las agrupaciones nombradas, como si el fuego se diluyera tratando de exponer un mensaje que nunca estaba del todo claro tampoco. Y los seguidores de estas bandas, que también hacían bandera del “metal argento”, parecían no notarlo en ningún momento; todo lo contrario, cada vez circulaban con más frecuencia expresiones como “hacer el aguante” y demás, sin importar qué tenía para ofrecer artísticamente la banda de turno.


Para esta gente, lo que quedaba fuera de ese “metal argento” era simplemente lo “careta” o “los que copian a las bandas de afuera” (esto lo escuché varias veces, demasiadas). Entonces yo me preguntaba, a medida que iba conociendo más exponentes de nuestra rica escena de heavy metal de antaño “¿en dónde encajarían bandas como Bloke o Kamikaze, que en nada se parecen a las bandas de metal argento y aun así fueron genuinas bandas argentinas de heavy metal?” Recuerdo cuando hace mucho me comentaron que había gente en la puerta de El Sótano (local rosarino donde se hacían recitales, recientemente cerrado) que en la previa de un show le bajaba el pulgar a una buena banda, con trayectoria, como es Trident, porque su sonido épico netamente metálico y sus distinguidas influencias (que van por el lado de  Manowar, Judas Priest y Dio) nada tenían que ver con el “metal argento”. En ese momento (hace ya 8 o 9 años, tal vez más) no entraba mi cabeza que eso sucediera, eso iba mucho más allá de los gustos personales. Y en esa época, yo ya sabía que la escena metálica argentina no había surgido de la nada, sabía que había recibido una influencia extranjera inicial al menos, como la mayoría de las escenas metálicas del mundo. No tenía manera de demostrar mis pensamientos, tampoco me importaba demasiado, pero sabía que las cosas eran diferentes a lo que andaba circulando. El término “metal argento” definitivamente me chocaba.


Mi confusión aumentó cuando empecé a escuchar y leer a “periodistas especializados” y demás personajes similares que hacían bandera del “metal argento”, sin ningún tipo de criterio, cuando se supone que (o al menos es lo que yo siempre creí), de una manera u otra, la prensa y los medios de difusión deberían cumplir un papel de guía en esto de propagar la música, más allá de cualquier tipo de limitación o escasez de conocimientos. E incluso, más o menos por la misma época, también comencé a notar cómo algunos sellos discográficos y productoras comenzaban a promocionar a sus bandas bajo la etiqueta de “metal argento”, lo que me llevó a sospechar del trasfondo comercial que ya tenía este término, ya era algo que vendía. A partir de entonces, el término “metal argento” comenzó a causarme repulsión. Me cuidé de no utilizarlo jamás, y buscaba cómo combatirlo. Al fin y al cabo, me apasionaba demasiado el heavy metal y me resultaba irritante que este tipo de simplificaciones generadoras de ignorancia se produjeran. No tolero que se bastardee al rock, no tolero que se bastardee al heavy metal, no tolero que se bastardee a lo que es real, genuino. La ignorancia puede combatirse con la búsqueda, y en esa búsqueda yo seguí. Y sigo hasta el día de hoy.
Ahora, con elementos simples y haciendo un poco de uso de mi capacidad de observación y deducción, puedo avanzar hasta el fondo de la cuestión, puedo ir hasta el hueso. Y lo comparto para que los que sepan ver, vean. Desde la primera vez que lo escuché, el término “metal argento” permanecía muy asociado a una de las bandas fundacionales del heavy metal en la Argentina: a V8, a su logo, a sus canciones. Así me lo hacían notar. Por lo tanto, sería lógico suponer entonces que el “metal argento” nació allí, prácticamente de la nada, como dejan entrever los que mantienen esa postura (sin ningún tipo de convicciones ni argumentos, por cierto). Sin embargo, yo en V8 no encontraba ningún elemento de lo “argento”. Al contrario, desde que tuve algo de noción y fui formando un criterio, V8 siempre me pareció una genuina banda argentina de heavy metal, que por composiciones, convicción, imagen, energía, letras, etc., no tenía nada que envidiarle a muchas bandas contemporáneas que surgieron en diferentes países del mundo a principios de los ‘80s. Además, al escuchar la música de V8, uno puede percibir sin demasiado esfuerzo algunas de sus principales influencias, como Motörhead y Black Sabbath, que incluso eran nombradas por los integrantes del grupo en algunas entrevistas. Por supuesto, se trataba de bandas extranjeras. La idea de “metal argento” como algo autosuficiente y cerrado hacia lo que proviene de afuera se derrumba ante este hecho.


Pero hay más. Y ustedes pueden verlo mirando bien las pocas fotografías que ilustran esta nota. Para mí, verlas fue una revelación en su momento, ya que en ellas se puede percibir una verdad irrefutable: los músicos de V8 (y algunos amigos que aparecen junto a ellos) usaban remeras de emblemáticas bandas extranjeras, de esas mismas bandas que tantas veces oí cómo eran rechazadas por parte de los acérrimos seguidores del “metal argento”, esas bandas que varios se niegan tajantemente a escuchar en defensa de “lo nacional”, desconociendo e incluso negando el hecho de que sin esas bandas el heavy metal no hubiese existido, al menos no tal como nosotros lo hemos conocido. Todo estuvo muy claro para mí cuando vi estas fotos. Ahí comprendí por qué muchas bandas que pregonaban el “metal argento” no poseían ese fuego, por qué su sonido estaba como mutilado o apagado, por qué sus seguidores parecían no notarlo. La explicación, por si a esta altura hiciera falta, parece ser simple: estos tipos defensores de lo “argento” no se identifican con la música, no aprecian el heavy metal, sino que siguen una idea distorsionada, bastardeada, manipulada inclusive con fines comerciales (esto último nadie me lo quitará de la cabeza hasta que alguien me demuestre lo contrario). Por lo menos, así lo veo yo.


Mi única pretensión para con este artículo es exponer lo que desde hace tiempo vengo pensando y de paso, si puedo, aunque sea mínimamente, quiero ponerle un palo a la rueda de la ignorancia que aun sigue girando con fuerza en el ambiente musical en general. Por si acaso con la música contenida en los discos del grupo y los testimonios de la época no alcanzara, las imágenes de V8 nos dicen cosas, nos revelan verdades que quizá permanecen ocultas para muchos que nunca se han detenido a observar lo suficiente. Lo pueden ver en las fotografías que ilustran este texto: las remeras de V8 hablan. Y nos dicen que estos muchachos en aquellos años escuchaban a Motörhead, Black Sabbath, Saxon, Judas Priest y Iron Maiden. Y si escuchan los primeros álbumes de estas legendarias bandas británicas (inglesas, para ser más específico) se darán cuenta que la música de V8 tiene varios elementos de estas agrupaciones, que la inspiración para generar un sonido, un estilo y una imagen propios provino de allí en buena medida. Recuérdenlo cada vez que alguien les quiera vender el paquete del “metal argento”.

martes, 17 de junio de 2014

Red Sky



Hace ya algunos meses, dialogando sobre nuestra admiración por la obra del guitarrista alemán Michael Schenker, el Vasco Urrestarazu de San Nicolás (guitarrista, fundador y líder de la banda El Vasco, un emblema del heavy rock en su ciudad, gran músico y un tipo más que agradable para compartir una mesa charlando sobre la música, la vida y demás vicisitudes) me mencionó una anécdota que juntaba a dos de nuestros héroes: al legendario guitarrista germano y a José Luis Campuzano, el “Sherpa”, el alma del Barón Rojo clásico. Al otro día, al leer el relato que el Sherpa hizo de la anécdota en su escrito autobiográfico titulado “Dando la Nota”, quedé encantado con las líneas que se sucedían ante mis ojos. Se trataba de una de esas míticas aventuras rockeras, de una noche de farra que se convirtió en una sesión musical que derivó en un momento de inspiración genial, que terminaría plasmándose en una composición brillante, inmortal. Así de simple. Buenos músicos que se caen bien, congenian, pasan un buen momento juntos, encienden su motor, la química se da instantáneamente y dejan fluir la magia. Algo que tanto se ha perdido de vista en los últimos años, épocas en que las palabras como “profesionalismo”, “elaboración”, “producción”, “equipamiento”, “actitud” y demás términos parecen haber acaparado casi todo el espectro dejando de lado la inspiración, el placer, la clase, la pasión por la música, en lugar de ser un complemento al servicio de estos últimos.


Personalmente, a mí no me deja nada un tema ultra-producido, trabajado por músicos super-profesionales que no dejan entrever ni un ápice de pasión por lo que están tocando, que si tuvieron ese momento de inspiración lo han sepultado tras semanas y semanas de “pulido” y saturado completamente de efectos y artificios. Le han quitado la frescura a la composición, si es que en algún momento la tuvo. Tratar de encontrarle un sentido a eso, para que esa pieza sonora se convierta en algo que pueda acompañarme en mi vida, es una manera muy aburrida de desperdiciar mi tiempo. La música así concebida no me llega en absoluto y prefiero seguir de largo.
Pero, en fin, no quiero irme por las ramas ni aburrirlos con mis apreciaciones personales sobre la modernidad y modos actuales de percibir la música. Lo mejor es que le ceda la palabra (por decirlo de alguna manera) al gran Sherpa Campuzano para que nos cuente como surgió su amistad y su colaboración con el bueno de Michael Schenker. Disfruten y si les gustó compartan esta anécdota con sus amigos del heavy y el rock, que al fin y al cabo siempre es bueno que estas historias circulen en el ambiente.


Como soy fatal para las fechas (todas las que he colocado por aquí las he puesto a voleo), creo recordar que conocí a Michael Schenker en 1982, año pletórico de acontecimientos, como dicen esos gordos anuarios que la gente usa de sujeta-libros. Estábamos, de nuevo, en Inglaterra haciendo una gira por el país y por Escocia. No hacía mucho que habíamos vivido uno de los más extraordinarios momentos de nuestra carrera musical: Reading, el gran festival de rock, el sueño hecho realidad. En otra ocasión hablaré de este emocionante acontecimiento; ahora prefiero dejarlo, no vaya a darme por escribir una oda y en lugar de llevarme a Ciempozuelos me den un premio de literatura. Sí mencionaré que en Reading habíamos visto actuar a Michael Schenker cerrando el festival, que fue uno de esos conciertos que te calan tan hondo como la lluvia que, naturalmente, caía, no iba a ser al revés, y que el guitarrista alemán me había parecido un virtuoso de su instrumento y un músico sensible y sincero. Queda dicho.



Ahora estábamos en vísperas de la famosa gira, y para abrir boca volvíamos a actuar en el “Greyhound”. Los nervios de la primera vez habían pasado y nos movíamos por el escenario de aquel gran pub-sala de conciertos como si hubiéramos nacido en Picadilly, o en “Picalidi” como decía un furgonetero español que trabajó con nosotros en Inglaterra. Que por cierto, en lo tocante a hablar “spanglish” en Londres, conocemos casos de auténticos maestros. Si alguien tiene problemas para que la taquillera del metro londinense le entienda, que les pida consejo. Le enseñarán que decir: “Tó te lo dán con ron” es el mejor sistema de solicitar un billete para “Tottenham Court Road”, o que “Hojas Secas” equivale a pronunciar “Oxford Circus”, y se te entiende de maravilla. De nada.


Me parece recordar que hablaba de Michael Schenker. Sí. Fue en el “Greyhound” donde nuestro manager de entonces, Jesús Caja, se acercó al escenario y nos comunicó que nos tenía una sorpresa reservada. La sorpresa resultó ser un joven rubio de camisa blanca que nos observaba desde el fondo de la sala. Era el guitarrista alemán de Reading, y venía a tocar con nosotros.
Cuando nos cercioramos de que no se trataba de ningún doble, empezamos a comprobar que se trataba de un tipo estupendo. Y también comprobamos que se trataba de un tipo un poco maniático. Desde el primer momento anunció que él venía a tocar con nosotros, sí, pero solo en el caso de que tuviéramos una guitarra modelo “Flying V” de Gibson, único tipo de guitarra que él utilizaba. Como los hermanos De Castro cuentan con una buena colección de guitarras, la “Flying V” la teníamos disponible. Y Michael Schenker tocó con Barón Rojo en el clásico y ya familiar escenario del “Greyhound”.


Le invitamos a cenar. No sé si le gustó mucho la cena o nuestra compañía, el caso es que enseguida congeniamos. La primera buena impresión que nos había causado quedó ampliamente ratificada, y además de un tipo estupendo y maniático demostró ser un ser encantador y tener una particular clase de inocencia, como la de un niño travieso. Nos despedimos como amigos.
Pocos días después, y cuando ya esa gira, que nunca había mencionado hasta ahora, estaba en curso, Hermes y yo acompañados por el famoso roadie inglés Nick, del que hablo por ahí en otras páginas, desembarcamos en una sofisticada discoteca de moda que nos habían recomendado y en la que nosotros tres no pegábamos ni con cola. Los modernos de la época nos miraban por encima del hombro, entre otras cosas porque estaban todos subidos en altísimas suelas modelo “Frankenstein”. A punto de irnos, no fuera alguien a darnos un pisotón, apareció por allí Michael Schenker. Y nos invitó a una boda. Le seguimos en el convencimiento de que en cualquier otro festejo, incluida una boda, estaríamos más en nuestro ambiente que en aquel antro de lujo.
El alemán y un amigo que compartía piso con él subieron al flamante Mercedes del guitarrista, y nosotros les seguimos a bordo de nuestro modesto Ford Granada alquilado. Y a nosotros nos siguió la policía a bordo de un coche de la Secreta. Nos interceptó y nos obligó a parar. Michael Schenker y el amigo acudieron a ver qué era aquello tan emocionante. La poli nos pidió los papeles y los revisó con todo el aspecto de tomarlos por falsos. Nick entonces sacó a relucir sus mejores cualidades de labia e ímpetu, que no siempre daban buenos resultados. Sin cortarse un pelín les dijo a los agentes que estaban tratando nada menos que con dos de los famosos miembros del famoso grupo Nº1 Barón Rojo, en actual gira por la Gran Bretaña. Y, sorprendentemente, los policías no sólo no le dieron un bofetón y le llevaron a comisaría por idiota, sino que nos reconocieron. Por los carteles, debió ser, y porque estábamos de suerte aquella noche. Nos pidieron todo tipo de disculpas, y nos informaron de que estaban buscando un coche Ford Granada y se les había ordenado detener todos los de esa marca y modelo. Se comportaron amablemente, y fingieron no haber oído un: “I hate the police!” (“odio a la policía!”) que el amigo de Schenker dejó caer en aquel momento, muy oportuno. Se largaron y nosotros volvimos a nuestro sospechoso Ford Granada, y el resto del viaje lo empleamos en seguir con un ojo al Mercedes para no perdernos y con el otro a vigilar si aparecía algún otro coche de la bofia.


Sin más percances, llegamos a una discoteca que había sido cerrada expresamente para la celebración del festejo nupcial. Por lo visto el recién casado era un amigo del Schenker, y entre los invitados apareció el entonces cantante de Michael Schenker Group, Gary Barden, muy trajeado y con corbata porque al parecer había sido el padrino. Fuimos recibidos con una simpatía y grandes dosis de bebida, y estuvimos allí un par de horas apurándolas con entusiasmo a la salud de los recién conocidos y desposados.
Cuando ya habíamos gorroneado bastante, anunciamos a Michael que nos volvíamos al hotel. Él, entonces, nos propuso que nos pasáramos un rato por su casa a continuar la movida y la bebida. Dijimos: “Why not?” que significa “¿por qué no?” pero que en inglés queda bonito, y nos fuimos Hermes, Nick, Gary Barden, la novia de Gary Barden, Michael Schenker, el amigo de Michael Schenker y un servidor, a continuar nuestras charlas tipo indio en un inglés con acento alemán, español y barriobajero.


El apartamento del guitarrista era un lugar agradable y bastante ordenado, aunque de repente te encontrabas en un rincón los restos náufragos y patéticos de una “Flying V” hecha trizas. El alemán nos contó que él mismo la había destrozado contra la pared en el frenesí de un tremendo cabreo que se había agarrado con los abogados de su compañía de discos. Le comprendimos y le consolamos. Sacó entonces la hermana gemela de la destrozada y comenzó a tocar. En un pronto que le dio, sugirió que yo le acompañara con el bajo. La cosa me apeteció. Nick se ofreció a ir en busca del instrumento, y de paso traer unas bebidas y otras cosas más fuertecitas y apetitosas. Partió en esa misión y la cumplió a total satisfacción de los demandantes.
Y en aquel apartamento de un Londres otoñal y adormilado, el alba rosácea y dickensiana nos encontró tocando, y llegó una mañana de británicas luces grises y nos encontró tocando y grabando todavía. A Michael Schenker le sangraban los dedos, yo estaba tirado por la moqueta plantándole cara a un sopor obsesivo, a Hermes le lloraban los ojos tras las lentillas y Nick roncaba con la picota hacia arriba. Había sido una “jam session” en toda regla. Y en el magnetofón de Michael Schenker quedaba constancia de nueve horas de viaje por las regiones de la música, interrumpidas por breves descansos que aprovechábamos para ponernos ciegos de todo.


Una de aquellas cosas que había en el magnetofón era un riff que yo inicié y al que Michael Schenker se adhirió inmediatamente, para entre los dos sacar adelante un verdadero tema. El alemán, entusiasmado, me prometió que ese tema figuraría en su próximo disco. Y así fue. Y ahí está, como recuerdo de una noche de extraños efluvios, una canción que se llama “Red Sky”, “Cielo Rojo”, como el cielo de aquel amanecer a través de nuestra mirada alucinada.
He vuelto a ver a Michael Schenker varias veces. En una de ellas el compañero de apartamento ya no estaba, y en su lugar nos abrió la puerta un malayo con cara de pocos amigos. Al parecer era una especie de “kungfuteca”, criado y guardaespaldas del guitarrista. En aquella época le tocaba al alemán estar obsesionado por la cuestión de la inseguridad ciudadana, y además del kungfuteca, se había agenciado un enorme cuchillo que llevaba metido en el bolsillo interior de la cazadora con la hoja envuelta en papeles de revista para no cortarse. De cuando en cuando lo sacaba, lo apuntaba en tu dirección para recalcar cualquier cosa que estuviera diciendo, y te daba unos sustos horrorosos. Y el criado malayo no te quitaba de encima los orientales y oscurísimos ojos, aunque luego se dirigía a ti con un correcto acento de Oxford que le quitaba a la situación gran parte de su inquietante atractivo.
Y Michael Schenker, a la luz de una vela colocada sobre la mesa que todos rodeábamos como si estuviéramos haciendo espiritismo, te contaba que prácticamente había dejado la bebida y ahora solo tomaba naranjadas. Con un poquito de vodka, eso sí. Y como se tomaba tantas naranjadas, se agarraba unos pedales impresionantes. Pero ni las naranjadas, ni el kungfuteca malayo ni el cuchillo te distraían lo suficiente como para no notar que Michael Schenker, el guitarrista sensible y poderoso, estaba en horas muy bajas. Y no sabías qué podías hacer por él. Aparte de ofrecerle un rato de compañía y una botella de coñac español, que le encantaba (la botella más que la compañía, diría yo). Ahora Michael Schenker ha recuperado energía, prestigio y ganas de trabajar. Parece que vuelve a estar arriba, y yo me alegro por él. Y sigo considerándole mi amigo, mientras no se demuestre lo contrario.

José Luis "Sherpa" Campuzano


Nota: “Red Sky” apareció en el cuarto álbum de Michael Schenker Group, “Built to Destroy” (1983)



domingo, 15 de junio de 2014

14 de junio: día del heavy metal tradicional



Hace ya un año, el 14 de junio de 2013, en esta ciudad argentina llamada Rosario, tuve la oportunidad de asistir como cronista televisivo al concierto brindado por Barón Rojo, en la que fue la primera y única visita de la legendaria banda española a esta húmeda metrópoli santafesina, concretada en el boliche Willie Dixon. Esa noche, invadido por la emoción de ver nuevamente a una de las bandas más importantes de la historia del heavy metal a nivel mundial, volví a vivir la esencia más genuina y pura del heavy metal. Atrapado en el fragor irresistible de la música, perdiéndome entre los puños en alto, la adrenalina inconmensurable, los alaridos de libertad, coreando emocionado los himnos que ya son parte de mi vida. Sí, a esa altura ya no era un cronista, solamente era otro metálico enardecido y feliz de vivir ese momento, junto a pares de distintas generaciones. Así debía ser, así fue. Esa noche viví el heavy metal. Inolvidable.


Exactamente un año después, y sin ponerme a reparar en ello, me dirigía a otro concierto. En el marco de un festival benéfico realizado en el local Chopper’s II, la agrupación griega de heavy metal tradicional Metalmorfosis desembarcaba en Rosario. Compartiendo la grilla con varias bandas de diversos estilos (entre las cuales destaco a los impresionantes thrashers Shot-Gun), los helénicos se despacharon con uno de los mejores shows de heavy metal tradicional que vi en mi vida. En realidad, Nick Banger (fundador, compositor, vocalista/guitarrista y líder de la banda) fue el único integrante de origen griego que pisó el escenario esa noche; los demás eran todos músicos santafesinos que lo acompañaron por esta mini-gira argentina, pero esto solamente es un detalle: no hay dudas de que vimos un show de Metalmorfosis. ¡Y qué pedazo de show que fue, la puta madre! Tanto yo como algunos hermanos headbangers tuvimos la misma sensación al unísono: estábamos viajando 30 años hacia atrás, hacia los albores de los años ‘80s. Era como si de pronto estuviéramos en un concierto de Angel Witch, Vulcain, Holocaust, Iron Maiden, Jag Panzer, Diamond Head, Tokyo Blade, Witch Cross, etc. En fin, heavy metal tradicional, genuino, real, fresco, una descarga eléctrica estallando directamente ante nosotros, un escenario en llamas donde al ver a través del humo a Nick Banger y al bajista Eddie Destroyer, tocando con soltura y con un aspecto que con naturalidad acompañaba a la música, el viaje en el tiempo era instantáneo! Pero hablando de la música, allí es donde Metalmorfosis levanta bien alto la bandera, con composiciones que van desde el heavy metal más melódico hasta el speed metal, filosas canciones tocadas con sentimiento, fuerza y convicción, sin cosas raras ni moderneadas forzadas, brillando piezas como “Spectre”, “Angel on the Run”, “Haunted House”, “Time to Die”, “Over the Waves”, “Guerrera of Metal” (cover de Guerrera), etc. Totalmente entregados al headbanging y a la ingesta compulsiva de cerveza, estábamos convencidos de estar presenciando un show histórico. Uno de esos shows que te alejan del mundo, donde no te importa nada de lo que esté a tu alrededor, donde la adrenalina fluye y la magia viaja. No me pidan que haga un análisis de algo tan difícil de describir, solamente puedo decir que otra vez un día 14 de junio volví a vivir el heavy metal, atravesando todo mi ser. Junto al citado show de Barón Rojo, la primera visita de Paul Di’Anno en 2004 y el concierto que diera Xenotaph hace un par de años, esta actuación de Metalmorfosis se ha convertido en uno de los mejores actos de heavy metal tradicional a los que asistí en Rosario. Y siempre lo recordaré de esta manera.